Secuelas de derrame cerebral y EFT

Esta es una historia que tiene que ver con el Tapping EFT y mi experiencia al respecto.

Para un terapeuta muchas veces puede ser frustrante no poder ayudar a sus seres más queridos, más cercanos.

Así solía suceder con mi hermano.  El mayor, nada menos que 10 años mayor, y muy escéptico con respecto a las terapias alternativas en general.

La vida le dio un susto, pues después de unos cuantos avisos, al final, su cuerpo se rebeló provocándole un derrame cerebral.  Eso fue en el mes de mayo de 2010.

Estuvo once días en la UCI y, después, cinco semanas hospitalizado.

Todos teníamos claras las razones emocionales de ese derrame, pero al principio no había manera de detectar el origen físico.

Al cabo de unas semanas, una vez absorbido gran parte del derrame, las pruebas pudieron sacar a la luz la fístula arterio-venosa que lo había provocado.  Eso implicada que debía pasar por quirófano.  Mientras no fuera así, no lo iban a dejar abandonar el hospital.

Cuando llegó la primera fecha de operación, no pudo ser.  Mi hermano se había provocado síntomas que lo impidieron.  Los médicos decían que como no era una operación a vida o muerte, no se arriesgaban a hacerla si no cumplía los requisitos mínimos.  Subidas de tensión y fiebre, entre otros, lo impidieron.

Yo llegaba a Madrid el día que tenía su segunda fecha de intervención.  Espera encontrármelo todavía dormido, pero ya superada la prueba.

No fue así.  Nuevamente, los síntomas que se había generado le habían impedido acudir a la cita.

Me iba a pasar tres días con él, pero dado lo grato que resultó el encuentro (yo creo que el mejor de toda nuestra vida), y lo bien que le sentó, me pidió que prolongara la estancia.

Lo hice con gusto, sentía que le estaba haciendo bien (¡y a mi también!).  En la medida en la que su condición física se lo permitía, charlábamos, empezamos a dar pequeños paseos, le sacaba a tomar el sol, le entretenía, etc…

El último día, unas horas antes de tomar el avión de vuelta, tuvimos la más larga, franca y profunda de todas nuestras conversaciones.  Me contó sus inquietudes, sus miedos y temores, sus dudas, lo que angustiaba e incomodaba…  Eso fue durante un largo paseo.

Al terminar y entrar de nuevo en la lúgubre habitación de aquel hospital, me confesó que tenía una crisis de ansiedad.  Menos mal que me lo dijo, porque yo no me hubiera dado cuenta.  Él llevaba tantos años sufriendo esas crisis (más de 25), que sabía disimularlas muy bien.

Se me ocurrió pedirle permiso para hacerle tapping y…, ¡me lo concedió!

Antes de comenzar, entró la enfermera y le puso un nebulizador, una práctica diaria para personas que llevan mucho tiempo encamadas.  Ni el dijo ni ella se dio cuenta de su crisis de ansiedad.

Cuando vi lo que tenía puesto en la cara me pregunté con cierta inquietud cómo le iba a hacer tapping, pues no podía acceder a dos de los puntos (encima y debajo de los labios).  Me encomendé y empecé a trabajar.  Tenía toda la materia que necesitaba, y la tenía muy fresca, pues acabábamos de tener esa conversación.

Él estaba tumbado, con la parte superior de la cama articulada levantada.  Le pedí que repitiera mentalmente todas las frases que yo le fuera diciendo mientras le hacía tapping y que al terminar asintiera con la cabeza.

Y así estuvimos… 30, 40 oó 50 minutos…, no lo se exactamente.

Llegó un momento en el que yo sentí que la sesión había terminado.  Justo en ese instante, volvió a entrar la enfermera , le quitó el nebulizador y decidió tomarle las constantes vitales.

Mi hermano como buen ingeniero, para creer necesita datos.  Por otra parte, en muchísimas ocasiones durante muchos años sabía que necesitaba tomarse pastillas para que una crisis remitiera y sabía también el tiempo que tardaban en hacerle efecto.  Además, él tenía muy claro que la enfermera no se había enteradode nada de lo que había estado sucediendo.

Fue inmenso el impacto que le causó a mi hermano escuchar el relatorio de la enfermera: 37, 2 grados de temperatura, 12-7 de presión sanguínea y 62 pulsaciones.  Ni un deportista hubiera dado esos resultados.

Al día siguiente entró en quirófano, nada –ni siquiera él mismo-, se lo impidió, y toda la operación y el post-operatorio fueron sobre ruedas.

Pero aquí no termina la historia.  Esta es mi parte.  Lo más gratificante que me ha sucedido con el tapping, pues poder ayudar a un hermano que hasta ese momento estaba reacio a cualquier intervención por mi parte, era maravilloso.

La segunda parte de la historia es que él estaba tan impactado por los resultados obtenidos que en cuanto estuvo en condiciones de coger un tren , se fue a Alicante, a visitar a mi maestro de tapping, Guillermo Peña.

Yo le había comentado a mi hermano que una de sus especialidades era la mejora de la visión y una de las mayores secuelas que tenía, que le impedía rehacer su vida, era la merma de esa facultad por la diplopia provocada y otros factores.  No podía ver lo que comía, no podía leer, ni usar el ordenador y ¡mucho menos!, jugar al tenis, su gran hobby.

Allí estuvo, en Alicante, con Guillermo.  Cinco intensas sesiones, en las que aprendió los ejercicios que debía hacer para recuperar la visión.

Al quinto día hablamos brevemente por teléfono y me dijo con gran alegría: ¡Ya puedo ver lo que como!

Después de unas semanas haciendo regular y rigurosamente los ejercicios, seis meses después de haber tenido el derrame, ya conduce, usa el ordenador y ¡juega al tenis!

¡Gracias, Tapping!
¡Gracias, Guillermo!
¡Gracias hermano, por haber confiado!

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