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Para qué formarte como coach

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Llevo muchos años trabajando. Unas veces en empresas pequeñas, otras en empresas grandes, ahora por mi cuenta. He ocupado puestos directivos, cargos medios y también he desempañado labores sin apenas responsabilidad. Lo que sucedía en estas actividades, incluso en las que realizaba por cuenta propia, es que siempre aparecían una o varias dificultades a la hora de relacionarme con la gente: ya fueran mis superiores, mis iguales o mis colaboradores, sin olvidarme de otras personas con las que en cada ocasión me tocaba relacionarme. Si a esto le añades que también podía tener una mayor o menor dificultad a la hora de llevar a cabo ciertas tareas, pues muchos días o en ciertas épocas, según lo mal que lo llevara, no se me hacía nada fácil despertarme para ir a trabajar.

A lo largo de los años me he encontrado que eso le pasa, en mayor o menor medida, a todo el mundo y gracias al coaching he descubierto que eso tiene fácil solución.

Yo era (y a veces todavía soy), de las que le dedica excesivo tiempo a la actividad laboral o profesional. Esto, para empezar no está bien, pues todo exceso implica que existe un desequilibrio. Pero cualquiera me podría decir: ‘es que no me queda otro remedio’. Y a estas alturas de la película, yo, esa respuesta -¡sin duda!-, la discuto.

Por eso, ante esas situaciones tanto laborales como de otra índole a las que nos tenemos que enfrentar diariamente, que no necesariamente nos llevan a un punto insufrible, pero sí a un estado latente de estrés, a una tesitura incómoda con esa persona con la que tenemos que lidiar todos los días, a una insatisfacción casi permanente por no conseguir el pequeño o gran objetivo que nos hayamos propuesto, a una incomunicación manifiesta de nuestra aspiraciones, necesidades, dificultades y anhelos, hacia las personas que nos podrían dar solución, a una incapacidad de disfrutar nuestro quehacer, a pasar momentos de miedo, de angustia, de rabia contenida; a todas estas circunstancias… se les puede poner remedio.

Podemos aprender a manejarnos satisfactoriamente en todas esas situaciones difíciles: a conseguir que nuestro hijo, nuestro jefe, nuestra pareja o ese proveedor de toda la vida no nos tome más el pelo, a lidiar con esas personas que hasta ahora siempre (hemos permitido) nos dejaban vacíos de energías, sin autoestima o sin fuerzas, a encontrar la manera de administrar óptimamente nuestro tiempo o nuestro dinero, incluso a descubrir la manera de incrementar nuestros ingresos, a saber afrontar sin temor nuevos retos, a superar nuestras limitaciones a la hora de comunicarnos, a desempeñar con liviandad una tarea que hasta ahora nos parecía imposible de sacar adelante, a trabajar en equipo o a liderarlo.

El coaching nos puede aportar todo esto. En unas cuantas sesiones (dependiendo de cada persona y de cada situación), y más aún en una formación de LIFE  COACH (que incluye sesiones individuales), se pueden superar todos los obstáculos que hasta ahora nos parecían irremediables y que teníamos asumidos como una carga inherente a nuestra persona para el resto de nuestras vidas.

Hemos venido a este mundo a disfrutar y a aprender, o al revés. No se qué tiene más relevancia. Lo que está claro es que esas dos cosas, que son la más importantes, se pueden y se deben hacer -¡indudablemente!-, desde la armonía y el placer.

Un coach está capacitado para guiar a la persona en su proceso de cambio. En una formación aprendes primero para ti y después cómo un coach acompaña y ayuda a que el otro entienda cómo ha llegado a ese punto y qué puede hacer para modificarlo.

Un Life Coach es simplemente un entrenador de vida. De la misma forma que las grandes figuras del baloncesto, del tenis o del mundo del motor tienen a su lado a un coach que además de entrenarlos físicamente, ha estado ahí para ayudarles psicológica y emocionalmente para que pudieran optimizar todos sus recursos y sacarles el máximo provecho, un Life Coach -sin entrar en la parte deportiva-, también se encarga de descubrir todas las capacidades y habilidades de la persona, y le enseña a sacarles el máximo partido para su mejora, bienestar, disfrute y plena interacción con los demás.

Creo que todos los seres humanos tenemos algo que queremos mejorar, pulir, aprender o cambiar. Mucho más en los tiempos que corren: por una parte, las cosas pasan cada vez más deprisa y tenemos menos tiempo para adaptarnos o aprender lo que necesitamos. Por otra, cada vez son más las informaciones que nos llegan y nos indican que ‘las cosas’ pueden ser de otra manera. Eso nos lo creemos, pero no necesariamente sabemos exactamente cómo conseguirlo. Además, creo que casi todos tenemos un nivel de insatisfacción que ya no estamos dispuestos a aceptar o aguantar más.

Para todas estas situaciones podemos encontrar solución desde el coaching, ya sea contando con la ayuda de un coach y así lograr la consecución de unos objetivos marcados, o sumergiéndonos en un maravilloso proceso de aprendizaje y transformación como es una formación en LIFE COACHING.

Un coach, como el que tú puedes llegar a ser, no se centra en el conocimiento de la persona que tiene delante, sino en los procesos; se comporta como un camarada y no como una autoridad; se focaliza en el presente y en el futuro, no en el pasado; usa la información para empujar a la acción y no para evaluar.  A través de las conversaciones, puede trabajar con el otro a nivel de los comportamientos, actitudes, acciones…,  al nivel de los sentimientos para que logre manejar mejor su emocionalidad y la de los demás, y a nivel mental.  Desde la observación y la reflexión puede cambiar tus pensamientos y tus creencias inadecuadas, para así tomar nuevas decisiones. Un coach te acompaña en el camino hacia la paz interior y la felicidad.

¿Verdad que después de leer estas líneas tienes claro que una formación en coaching te haría mejor persona?

Sabina Roleff

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